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“Un día sin escribir o anotar algo se me antoja un día desperdiciado o criminalmente abortado: un deber incumplido, una vocación traicionada.”

Esto escribía Zygmunt Bauman el 3 de septiembre de 2010, en un libro que no es un diario pero casi (Esto no es un diario, Paidós, 2012). Ha muerto Bauman y para fortuna nuestra durante muchos años honró esa vocación y, lejos de desperdiciar sus días, nos deja un vasto legado de reflexiones y cuestionamientos que bien valdría la pena revisemos en el marco de los agitados y complejos días que atravesamos.

Mi primer acercamiento a Bauman fue hace una década por invitación de un maestro a leer Vidas Desperdiciadas (Paidós, 2005). Vivía yo en Barcelona y en el peculiar momento que atravesaba, mis intereses e inquietudes personales se vieron sacudidos por los planteamientos y digresiones de Bauman, así como sus apelaciones a diversos autores en aquellas páginas.

Poco después leí una obra que terminaría de acomodar muchas piezas en mi interior, un texto que desde entonces ha sido un referente clave en mi interpretación no solo de un momento concreto de la historia del siglo XX, sino en mi lectura del presente y mi visión sobre la necesidad de transformar las estructuras sociales y de pensamiento de cara al futuro: Modernidad y Holocausto (1989, en castellano editado por Sequitur, 1997).

Apurándome un poco y corriendo el riesgo de dejar cabos sueltos, la propuesta de Bauman en esta obra es dejar de ver el Holocausto como una herida en la historia de la humanidad y enfrentarlo como una “prueba rara, aunque significativa y fiable, de las posibilidades ocultas de la sociedad moderna”. Es decir, un producto de la historia de la modernidad, sugiriendo que la “civilización moderna no fue condición suficiente del Holocausto, pero sí fue, con seguridad, condición necesaria”. Pero no solo eso: advierte además que esa condición permanece en nuestros días, por lo que no estaríamos exentos de una tragedia semejante, lo cual obliga a explorar el fenómeno y buscar alternativas para desmontarlo. El asunto da para mucho.

Las exploraciones de Bauman en esas páginas me ayudaron a poner en palabras algunas interrogantes personales que a la fecha me siguen inquietando, a la vez que alimentan y orientan (¿desorientan?) muchas de mis acciones en el ámbito educativo.

Una de las ideas clave en el pensamiento de Bauman es la noción de modernidad líquida:

“Si la vida premoderna era una escenificación cotidiana de la infinita duración de todo excepto de la vida mortal, la líquida vida moderna es una escenificación cotidiana de la transitoriedad universal. Nada en el mundo está destinado a perdurar, y menos aún a durar para siempre. Con escasas excepciones, los objetos útiles e indispensables de hoy en día son los residuos del mañana.”

A lo largo de varios años he leído y escuchado diversas referencias inexactas al pensamiento de Bauman. Hoy mismo he leído varias notas que avisaban su muerte describiéndolo como el “padre de la modernidad líquida”. Quizá sea por el uso de ese adjetivo muchos piensan que Bauman promovía o aplaudía esa liquidez, cuando sucedía justo lo contrario. Ilustro esto con un ejemplo aterrador que viví apenas hace un mes. Durante la inauguración de un Congreso Internacional sobre Innovación Educativa, el rector del Tecnológico de Monterrey, David Noel Ramírez, celebraba la modernidad líquida y afirmaba: “No queremos instituciones sólidas. Queremos instituciones y relaciones líquidas”.

Bauman denunciaba justo los peligros de una sociedad líquida. Quizá el ámbito de las relaciones personales sea justo uno de los que permiten ver esto con más nitidez. Al respecto, resulta clave su obra Amor Líquido. Acerca de la fragilidad de los vínculos humanos (Fondo de Cultura Económica, 2005).

La vulnerabilidad de nuestras relaciones como seres humanos, el simulacro de vínculos reducidos a likes y seguidores en redes sociales, ponen en riesgo el sentido de comunidad. Como advierte Bauman en Vidas Desperdiciadas:

“Y allí donde no hay pensamiento a largo plazo ni expectativa de que volvamos a vernos, es difícil que se dé un sentimiento de destino compartido, una sensación de hermandad, un deseo de adhesión, de estar hombro con hombro o de marchar acompasados. La solidaridad tiene pocas posibilidades de brotar y echar raíces.”

De ahí que en sus últimos años, testigo de las luces y sombras que tantos señalan sobre la explosión en el uso de las redes sociales para fines tanto personales como sociales, Bauman advirtiera del silencioso enemigo que se escabulle en el anonimato que esas plataformas suelen fomentar. En Esto no es un diario apunta:

“El verdadero adversario del anonimato propiciado por internet no es el principio de la libertad de expresión sino el principio de responsabilidad: el anonimato propiciado por internet es, ante todo y desde el punto de vista social, una licencia oficialmente aprobada para la irresponsabilidad y una lección pública en su práctica —tanto online como offline (fuera del mundo virtual)—, una gigantesca y venenosa mosca antisocial a la que se le permite saquear un enorme barril de ungüento anunciado y presuntamente dedicado a fomentar la causa de la socialidad y la socialización…”

En el mismo libro, Bauman arroja una advertencia especialmente dolorosa por su crudeza si pensamos en lo que hoy vivimos en muchos lugares (y pienso en primer término, por supuesto, en México, mi país):

“La tendencia a olvidar y la vertiginosa velocidad del olvido son, para desventura nuestra, marcas aparentemente indelebles de la cultura moderna líquida. Por culpa de esa adversidad, tendemos a ir dando tumbos, tropezando con una explosión de ira popular tras otra, reaccionando nerviosa y mecánicamente a cada una por separado, según se presentan, en vez de intentar afrontar en serio las cuestiones que revelan.”

Si me sigo metiendo en el terreno de las citas, con Bauman nunca terminaría. Ahí está su inmenso legado para leer algo y ver qué nos provoca, qué nos mueve.  ser Algo he leído de Bauman. Algunos dicen que bastante pero es apenas un poco de lo mucho que tengo en la lista de lecturas pendientes. Hay quienes señalan que escribió mucho pero que suele repetirse a sí mismo. Quizá, yo solo sé que para mí siempre es provocador.

Remato con algo que escribió Bauman en uno de los libros más orientados a la dimensión personal que le he leído (El arte de la vida, Paidós, 2009):

“Nuestra vida, tanto si lo sabemos como si no, y tanto si nos gusta esta noticia como si la lamentamos, es una obra de arte. Para vivir nuestra vida como lo requiere el arte de vivir, como los artistas de cualquier arte, debemos plantearnos retos que sean (al menos en el momento de establecerlos) difíciles de conseguir a bocajarro, debemos escoger objetivos que estén (al menos en el momento de su elección) mucho más allá de nuestro alcance y unos niveles de excelencia que parezcan estar tozuda e insultantemente muy por encima de nuestra capacidad (al menos de la que ya poseemos) en todo lo que hacemos o podemos hacer. Tenemos que intentar lo imposible.

Hoy lamento la partida de Zygmunt Bauman como si me despidiera de un querido maestro. Celebro su vida que supo vivir como obra de arte, sin desperdiciar un momento, sin traicionar la vocación de pensar, de compartir su pensamiento.

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